Prudencia del soberano

Antonio Cuéllar Steffan / martes 25 de junio 2019

El escándalo del fin de semana provino del atrevimiento de una muchacha de Yucatán a la que, en conferencia del Presidente de la República, después de que la enfocara la cámara de televisión que registraba el evento, se le ocurrió dirigir una seña ofensiva con las manos. Será difícil de saber si fue un gesto dirigido a la cámara misma o uno al Presidente de la República; sin embargo, cualquiera que fuera su propósito, ¿Porqué nos extrañamos de su comportamiento?

Es natural —no por ello positivo—, proviniendo de un adolescente, pero además, es lógico, si observamos cuál es el cause que han venido siguiendo “las mañaneras”.  La verdad de las cosas es que la obsesión del Presidente de la República por imponer la agenda política a través de sus conferencias en la madrugada, han dejado de ser eso, “conferencias”, para convertirse en una especie de “clases de escuelita”, en la que el profesor se ve incapaz de poner orden, superado por los alumnos, al dejar en evidencia su falta de conocimiento y liderazgo para dirigir a su salón.

Como en las grandes instituciones, en la monarquía moderna, el Rey, como Jefe de Estado, constituye una figura pública de referencia que simboliza la unión del Estado y el patrón de comportamiento que el pueblo debe y quiere seguir.  Los escándalos que la monarquía protagoniza son criticables, precisamente, por eso, porque conducen al desorden y al desapego social.  La figura monárquica se convierte en esos casos en un símbolo de repudio y desunión.

En el caso de los gobiernos presidenciales, la unipersonalidad del Ejecutivo confiere a esa persona la capacidad para dirigir al pueblo, y para convertirse en esa referencia personal de la que depende, en gran medida, el comportamiento de la sociedad.

Andrés Manuel López Obrador lo sabe, y durante su campaña hacia la Presidencia de la República se ocupó de transmitir esa idea, al asegurar que, con su llegada y su compromiso de comportarse de manera honesta, acabaría con la corrupción; aquello que olvidó tomar en cuenta, sin embargo, es que la efectividad del mensaje del soberano debe de ir cobijada de acciones acertadas y, además, de la prudencia personal de aquel al que la responsabilidad es encomendada.  Las torpezas en público se registran y computan en el balance.

A lo largo del sexenio pasado, las aspiraciones personales del Secretario de Gobernación condujeron a que la pluralidad de problemas que la vida diaria del país arroja, las asumiera en su contra, como un duro golpe político contra su imagen, el propio Presidente de la República.  El resultado fue desastroso y Enrique Peña Nieto terminó su sexenio con la mayor desaprobación y descrédito del que cualquier otro titular del Ejecutivo hubiera sido merecedor.

El Presidente en funciones, aún con un gabinete dispuesto a asumir las responsabilidades provenientes del cargo, ha decidido por sí mismo asumir el costo político de cuanto problema afecta la vida política nacional, o de cuanto tropiezo o evento accidentado acontece diariamente a lo largo de todo el territorio de la República, porque él se impone como primera voz y como jefe de todo el mundo; no acepta la intervención anticipada de ninguno de los miembros de su gabinete.

Es cierto que se hace acompañar de los secretarios o funcionarios del ramo al que se encuentre relacionada la temática que libremente quiera abordar cada mañana, pero su presencia, triste, pasmosa y evidentemente forzada, no le favorece, al revés, los perjudica a todos.  La solución de los problemas que derivan de la vida diaria requiere de la intervención de individuos despiertos y bañados y, además, obviamente, dependen también del planteamiento de estrategias complejas que diseñan verdaderos especialistas, que estudian, deliberan y construyen soluciones lógicas y funcionales.  El Presidente López Obrador exige una presencia inhumana y deshonrosa a quienes lo acompañan, y comete el error de no dar tiempo suficiente a sus colaboradores para entender los problemas que conciernen a su competencia; mucho menos la oportunidad de organización para establecer rutas de solución; el resultado no necesita comentarse.

El desgaste es innecesario y la intervención de sus entrevistadores es cada vez mas agresiva y contundente, tanto que al verse acorralado, ha tenido que esconderse en el pensamiento tan falso como absurdo, de que “el Presidente es dueño de su silencio”, afirmación que soslaya el deber constitucional de todo órgano de gobierno de informar, como también el de dar contestación a toda petición que se le formule respetuosamente.

El desorden imperante en las mañaneras no sólo acarrea un desgaste para la institución presidencial, sino que afecta de manera grave la marcha del país.  La demostración fehaciente de la incapacidad presidencial para entender cuál es la realidad en que se encuentra México y su situación en el concierto internacional, y la falta de talento y competencia para ofrecer soluciones justas a los problemas que surgen de nuestra realidad cotidiana, como Nación, en temas cruciales como la economía y la seguridad, provocan desconfianza y temor.

El problema es que lo dicho, en ésta época en la que la información corre libremente de persona a persona, queda irremediablemente registrado, y el daño desde esta perspectiva, resulta irreversible.  Muy adecuado sería que la fuga se detuviera y que la política del candidato se deje a un lado para comenzar con el establecimiento de líneas de comunicación contundente y certera por parte del Jefe de Estado.  Al soberano le hace falta prudencia, si lo que busca es que haya crecimiento y una sana convivencia.

Otro sí digo

A pesar de todo, la intervención del Poder Judicial en el caso del aeropuerto ha sido un buen signo de que, en nuestro país, todavía existen sólidas instituciones para la defensa de la Constitución. Esa misma prueba la deberá pasar el Poder Legislativo tratándose de la defensa de un instituto que fue concebido con esfuerzo desde la oposición: el INE; porque garantiza aquello por lo que luchadores, como AMLO, tanto pregonaron, el cause democrático, auténtico, para la designación de nuestros gobernantes.

Otro elemento crucial para que el país funcione, lo conforman los medios de comunicación, que como institución y factor real de nuestra democracia, ejercen la función social esencial de informar y de hacer pública la deliberación de la opinión pública nacional.  La terminación del programa de Sergio Sarmiento y Lupita, el cuestionamiento personal contra Pablo Hiriart, y la utilización de Canal 11 para vilipendiar al ITAM son una señal muy clara de que, en ese renglón, las cosas no andan bien. Una pena que algo así suceda, tan pronto en este período sexenal, cuando desde la oposición lo criticaron tanto en contra de administraciones anteriores.

 

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